Cada 20 de diciembre, la Argentina vuelve la mirada hacia una de las jornadas más dramáticas de su historia contemporánea. Se trata del desenlace de la crisis económica, social y política de 2001, un colapso sin precedentes que puso en jaque al sistema institucional, dejó decenas de víctimas fatales y modificó para siempre la relación entre la sociedad y la dirigencia política.
El contexto de una crisis anunciada
Durante los años previos, el país atravesó un profundo deterioro económico. La recesión iniciada en 1998, el crecimiento del desempleo, la caída del poder adquisitivo y el aumento de la pobreza generaron un clima social cada vez más tenso. A esto se sumó el fuerte endeudamiento externo y la rigidez del régimen de convertibilidad, que limitaba la capacidad de reacción del Estado.
El punto de quiebre llegó a comienzos de diciembre de 2001 con la implementación del denominado “corralito”, una medida que restringió la libre disposición de los depósitos bancarios. Para millones de argentinos, significó la imposibilidad de acceder a sus ahorros, lo que profundizó la desconfianza y aceleró el estallido social.
Cacerolazos, protestas y estado de sitio
Las primeras manifestaciones espontáneas comenzaron a multiplicarse en distintos puntos del país. A los saqueos en comercios se sumaron los cacerolazos, que reunieron a sectores sociales muy diversos bajo un mismo reclamo: respuestas urgentes frente a una crisis que ya no admitía dilaciones.
El 19 de diciembre, el entonces presidente Fernando de la Rúa anunció por cadena nacional la declaración del estado de sitio, una decisión que lejos de pacificar la situación generó una reacción inmediata. Miles de personas salieron a las calles, especialmente en la Ciudad de Buenos Aires, para expresar su rechazo a la medida y al rumbo del Gobierno.
La represión y las víctimas
La jornada del 20 de diciembre de 2001 estuvo marcada por una fuerte represión policial. En la Plaza de Mayo y en distintos puntos del país, las fuerzas de seguridad avanzaron contra manifestantes con balas de goma, gases lacrimógenos y munición de plomo.
El saldo fue trágico: 39 personas murieron durante los hechos del 19 y 20 de diciembre, la mayoría a causa del accionar represivo. Muchas de esas muertes ocurrieron lejos del epicentro porteño, lo que evidenció la dimensión nacional de la crisis. Con el paso de los años, la Justicia avanzó en distintas causas, aunque el reclamo de verdad y justicia sigue vigente.
La renuncia presidencial y el colapso político
Esa misma tarde, acorralado por la situación y sin respaldo político suficiente, Fernando de la Rúa presentó su renuncia. La imagen del helicóptero despegando desde la Casa Rosada se convirtió en uno de los símbolos más potentes de la crisis institucional.
En los días siguientes, la Argentina atravesó una etapa de extrema inestabilidad, con una sucesión de presidentes interinos hasta la asunción de Eduardo Duhalde en enero de 2002. El colapso de 2001 marcó el fin de una etapa y abrió un proceso de profundas transformaciones económicas, sociales y políticas.
Una fecha de memoria y reflexión
Con el paso del tiempo, el 20 de diciembre se consolidó como una fecha de memoria colectiva. Cada año, organizaciones sociales, de derechos humanos y familiares de las víctimas realizan actos y movilizaciones para recordar lo ocurrido y mantener vivo el reclamo de justicia.
Más de dos décadas después, aquella crisis sigue funcionando como una advertencia histórica. El 20 de diciembre recuerda el impacto social de las decisiones económicas, los límites de la represión estatal frente al conflicto social y la importancia de preservar las instituciones democráticas.
En un país atravesado cíclicamente por crisis, la conmemoración de esta fecha invita no solo a recordar el pasado, sino también a reflexionar sobre el presente y el futuro de la Argentina.
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El Provincial Tucumán San Miguel de Tucumán